Comienzo el texto con una imagen que todos hemos visto y es común en nuestras ciudades, las paradas de bus, lugar de espera de viajeros, comienzo o final de un viaje, un trayecto rutinario, para ir a estudiar, ir a trabajar, ir de vacaciones o incluso ir a una cita.

               Del mismo modo, son lugares “no lugares”, de tránsito “de paso”, donde uno trata de “llevar la espera” ojeando un periódico, wasapeando, escuchando música a través de los auriculares, consultando algo en internet, etc. Cualquier cosa con tal de tener la mente “ocupada” con algo. Es precisamente en esos lugares de “espera” donde se dan instantes de “lo común”, un anciano leyendo un periódico, unos jóvenes conversando, otra persona mirando el móvil. Se trata de instantes que pasan totalmente desapercibidos y nos cuesta ver la realidad de lo que está pasando, precisamente porque son escenas a las que estamos acostumbrados y han perdido todo el valor que representan.

               Captar los instantes mágicos presentes en “casi” todas las escenas cotidianas es posible, sólo hay que saber “leer entrelineas”, mirar como si lo hiciésemos por primera vez, como un niño descubriendo un lugar nuevo.

               No es fácil mantenerse en el presente cuando realizamos actos y trayectos a los que estamos acostumbrados, las acciones comunes y cotidianas del día a día, pero si hiciéramos un ejercicio de cuantificar cuanto tiempo de nuestros días pasamos “en espera” dejando escapar las maravillas de lo cotidiano, sin ser capaces de disfrutar las pequeñas cosas, los gestos cotidianos de las “personas y cosas”, “vivas o inertes”, nos daríamos cuenta de la cantidad de vida que desaprovechamos “en espera”.

               Por todo ello, he querido realizar esta reflexión relacionada con lo común y lo cotidiano, “lo de siempre”, relacionándola con escenas cotidianas de nuestra ciudad, ya sea una parada de bus, de metro, la sala de espera del médico, la fila para encargar comida, pagar en una tienda, etc. Pequeños momentos que sumados se vuelven meses o incluso años de vida. Tiempo que se nos escapa de las manos con actos cotidianos, en lugares comunes con gente común a nuestro alrededor, y pensándolo, es precisamente nuestra vida lo que transcurre a través de lo común/lo cotidiano, haciendo a su vez nuestras vidas comunes y cotidianas. Pero esto no debería ser así, porque como hemos dicho anteriormente lo común no tiene por qué tener una connotación negativa, ya que lo fantástico o maravilloso puede observarse en pequeños objetos en cosas comunes, en personas comunes, y no se trata del objeto ni del lugar, se trata de los ojos de quien mira, de quien vive y capta esos instantes y es capaz de trascender de lo cotidiano.

               Nosotros los arquitectos debemos ser capaces de adquirir esa sensibilidad que nos permita captar y leer entrelíneas lo cotidiano para hacer de nuestras ciudades, “esperas”, “edificios”, “lugares”, etc. algo que realmente merezca la pena. Ya que al fin y al cabo, nuestras vidas son eso, un ir y venir a través de lo común y lo cotidiano, un sumatorios de “esperas”.

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